Muchas veces escuchamos decir que el Dios de los cristianos, es Uno y Trino. Es esa una fórmula que muchos aprenden de memoria en los primeros años de su formación, lo cual no está mal, no significa que sea errónea, lo que ocurre es que en ocasiones no la comprendemos y por ello no deja de ser una “mera fórmula”. Nuestro propósito en estas líneas, que tienen la particularidad de ser didácticas, es poner el acento en la forma en que actúa esta Trinidad, que es Santa, o este Dios que es Trino.
Para comenzar a cumplir con este objetivo, consultaremos al Catecismo de la Iglesia Católica, y allí en su n° 234, encontramos sobre este punto lo siguiente, vinculado a Trinidad Santísima: “es el Misterio central de la Fe y de la vida cristiana”, o sea que estamos hablando de lo más importante en este asunto. Pero nosotros queremos mostrar cómo actúa, y no tanto qué es. En busca de esto, del catecismo nos vamos a las Sagradas Escrituras, es decir a la Biblia. Allí, el Apóstol San Pablo en la carta que escribe a la comunidad cristiana que vivía en Efeso, en el saludo de la misma, dice lo siguiente: “Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales….por cuanto nos ha elegido….para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef. 1,1-4). ¿Qué es esto?, sino una manera de actuar. No es más que el haber llenado con abundantes beneficios espirituales al hombre.
Si damos un pasito más y nos preguntamos por la causa de esta acción, si nos preguntamos por el porqué de esta actitud, encontraremos la respuesta en el momento de la creación. Este Dios, que es Uno y Trino, tiene una debilidad preferencial por el hombre, al punto que, según relata la escritura sagrada, hizo al hombre con sus propias manos y le dio parte de su ser cuando sopló desde lo profundo de su interior, sobre esta pequeña estatua de barro que había confeccionado, para que tuviera vida, pero para que tuviera una vida semejante a la de su creador. Diríamos, en algo nos parecemos a El, tenemos algo de El.
Desde esta perspectiva, podemos entender al Apóstol San Pablo, cuando nos dice que nos colmó de bendiciones. Y esto es una muestra; pero leamos al evangelista San Lucas cuando nos dice, mientras relata uno de los tantos encuentros de Jesucristo con sus apóstoles, para enseñarles el efecto de la oración, luego de haber orado a su Padre del Cielo: “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán” (Lc. 11,9-10)
Podemos comprender la forma de actuar de Dios, un Dios respetuoso de nuestras necesidades y tiempos; Lucas, indica, que cuando pedimos, recibimos, cuando llamamos, nos abren, no antes, y no al revés. Dios no se impone, nos invita y espera con paciencia nuestra respuesta, espera que le solicitemos ayuda, eso es la oración. Ahora, bien, este diálogo entre Dios y el hombre, requiere de nuestra parte, dos requisitos básicos, por un lado la Fe y por el otro, la perseverancia. Frente a estos dos requisitos o elementos componentes, Dios responde en el momento oportuno, ni un minuto antes, ni un minuto tarde. De allí la necesidad de los dos requisitos. Todo esto es así no porque Dios sea sordo, insensible o algo parecido, sino que El tiene la posibilidad de conocer todos los elementos que rodean a la circunstancia en que nos encontramos en el momento de nuestro pedido, y puede otorgarnos lo que le solicitamos en el momento justo. Posibilidad que muchas veces nosotros no estamos en posición de conocer y a veces de comprender.
Ahora para poder acercarnos a Dios y pedirle lo que necesitamos, también hace falta la participación de la Santísima Trinidad, y en esto vemos otra de las formas de actuar que tiene, según lo explica San Juan en su Evangelio y el Apóstol San Pablo en una carta que escribe a la comunidad de cristianos radicada en Roma. San Juan, relata: “Nadie puede venir a mí, dice Jesucristo, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Cfr. Jn. 6,44), y el Apóstol San Pablo, sobre el particular dice: “…todos los que se dejan guiar por el Espíritu Santo son hijos de Dios” (Rm. 8,14).
Los autores sagrados nos muestran la necesidad de la vinculación con Dios, el Padre Eterno nos lleva hacia El, pero nos lleva si nosotros damos el consentimiento, si nosotros aceptamos libremente, el mismo San Pablo indica sobre este punto, si nos dejamos guiar, lo cual quiere decir que de nuestra parte es necesaria una opción, una decisión, porque el Dios judeo cristiano no obliga, sino que invita y ayuda. En el fondo, la vinculación que tenemos con El, no es más que un diálogo de convivencia, El interviene, si yo lo autorizo. No nos invade, no es violento. Es respetuoso por que nos ama.
Otra de las formas, de las muchas, que tiene de actuar la Santísima Trinidad, queda reflejada en el Evangelio de San Juan, cuando en cierta ocasión, se ve a Jesucristo en este diálogo con sus discípulos: “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y viviremos en él…..el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14,23-26). La pedagogía de Jesucristo, sobre el obrar Trinitario, está marcada por acciones de amor y de enseñanza. El hombre y la mujer, que tenga en cuenta el contenido de la Palabra de Dios y trate de adecuar su conducta y su manera de pensar a ella, el Padre Eterno lo amará, esa será la condición para que la Trinidad Santa venga y habite en el corazón humano. La sede de los pensamientos y las acciones.
La Trinidad, no solo está en el afuera nuestro, en nuestro entorno, si no que también, con nuestro permiso, puede habitar dentro nuestro. Ninguna divinidad antigua puede hacer lo que hace este Dios judeo cristiano, de habitar afuera y adentro del corazón del hombre. Por ello puede conocer lo profundo de nuestro ser, puede comprender nuestras alegrías y nuestras miserias. De allí, se entiende, que cuando le pedimos algo con perseverancia y fe, El nos lo otorga en el momento oportuno, y no antes. Pero la Trinidad, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, quiere que sepamos que no estamos solos, aunque en algunas oportunidades nos sentimos abandonados de la mano de Dios, por ello Jesucristo dice a sus discípulos para que ellos lo difundan por todo el mundo, el Espíritu Santo nos enseñará y nos recordará. El Espíritu Santo, vive y anima al Pueblo de Dios, que es la Iglesia, enseñándole y guiándola a lo largo de la historia, pero no la abandona.
Con esta líneas, hemos querido mostrar de manera sencilla, pero sin abandonar por ello la precisión que el tema merece, algunas huellas de la convivencia que tenemos con la Santísima Trinidad, buscando en las Sagradas Escrituras algunos datos que nos lo confirman.